Entre los pasillos del histórico Palacio Barolo, donde hoy funciona su estudio de tatuajes en el 4to piso puerta 64, Alex Black todavía revive una escena que parece salida de una película argentina. El artista nació en San Pablo, tiene 54 años y tatúa desde 1991. Especializado en diseños tribales y mandalas, lleva 14 años viviendo en Buenos Aires y conserva intacto el recuerdo de aquella Nochebuena de 2014 que cambió para siempre una jornada común de trabajo.
En ese entonces trabajaba en un estudio de Palermo Soho, cerca de Plaza Serrano, junto a otros tatuadores, piercers y asistentes. Días antes de Navidad, el dueño del local preguntó quién estaba dispuesto a cubrir el turno del 24 de diciembre. Nadie quiso hacerlo. Alex levantó la mano sin dudar. “En Brasil estoy acostumbrado a trabajar hasta último momento porque después las ciudades quedan vacías”, recuerda. Lo que parecía una guardia tranquila terminaría convirtiéndose en una historia imposible de olvidar.

La puerta del estudio estaba por cerrarse cuando ocurrió algo inesperado. Afuera, Palermo empezaba a apagarse entre brindis y persianas bajas. Alex esperaba a un cliente que quería tatuarse justamente a Maradona, pero el hombre nunca apareció. Ya resignados a terminar temprano, una asistente subió las escaleras apurada y lanzó una frase que todavía resuena en su memoria: “No cierres. Llegó Maradona”. Él creyó que finalmente había aparecido el cliente del turno. Pero no. Quien acababa de entrar al estudio era el mismísimo Diego.
El estudio cerró sus puertas al público y quedó reservado para él, su hija de 18 años y Rocío Oliva, quien era su pareja en aquel momento. Mientras otro tatuador trabajaba con ellas, Alex realizó dos inscripciones sobre el pecho del ídolo: el nombre de Dieguito y la palabra “Perra”, el apodo cariñoso con el que llamaba a Rocío. “Estaba feliz, bailaba rock de los años 50 con su hija y tenía una energía muy buena”, recuerda el brasileño.

La conexión entre ambos apareció enseguida. Apenas descubrió que Alex era brasileño, Maradona decidió hablarle toda la noche en portugués. “Fue un caballero”, asegura el tatuador, que todavía recuerda la tranquilidad con la que se movía dentro del estudio. También le llamó la atención su contextura física. “Yo hago deporte desde chico y me impresionó mucho su cuerpo, bajo pero muy ancho de hombros. Tenía presencia”, describe. Para él, lejos del personaje televisivo, aquella madrugada apareció un Diego relajado, cercano y rodeado de afecto.
Con el paso de los años, la escena quedó grabada como uno de los momentos más intensos de su carrera. Su esposa y su hijo Benito pasaron casualmente por el estudio aquella noche y también pudieron conocer al exfutbolista. “Fue un regalo de la vida”, resume Alex Black, mientras sigue trabajando en pleno centro porteño. En una ciudad acostumbrada a construir mitos, todavía hay noches capaces de convertirse en leyenda.
