OTROS | 4 NOV 2026

OPINIóN

Vivir en Buenos Aires, la ciudad de los cables...

Por Lic. Fanny Torres Silva Escritora y Psicoanalista




Como todas las cosas, uno aprende a acostumbrarse. Y, de un día para el otro, aquello, que alguna vez llamó nuestra atención, deja de ser extraño: se convierte en parte del paisaje urbano. Incluso, del paisaje interno.

 

Así me pasó con los cables que cuelgan de los edificios de Buenos Aires. Cables que no solo recorren las fachadas, sino que también cruzan de un lado a otro de la calle, como si conectaran edificios, tiempos y personas. Una verdadera maraña de tendido aéreo.

 

Para los ojos de una extranjera que viene de un lugar donde los cables suelen ir bajo tierra (soterrados), donde hablar fuerte puede ser considerado una señal de mal gusto y donde no llamar demasiado la atención forma parte de cierto código social, Buenos Aires puede resultar desconcertante.

 

Aquí se habla fuerte. Se discute fuerte. Se gesticula. Se ocupa el espacio. Las emociones parecen tener permiso para salir a la calle.

 

En mi lugar de origen, muchas veces se pelea sin gritar, sin levantar demasiado la voz. Una mirada puede decirlo todo y un silencio puede tener más peso que cualquier palabra pronunciada con fuerza.

 

En Buenos Aires, en cambio, pareciera que no hay barrio que escape a la estética de los cables, a la contaminación visual.

 

Y con el tiempo empecé a pensar que esos cables, más que comunicar internet, televisión o electricidad, hablan de otra necesidad: la de estar conectados.

 

Tal vez, los cables no sean un problema estético. Tal vez, sean una forma de recordar que estamos unidos a algo. Que pertenecemos a un lugar. Que ocupamos un espacio en el mundo.

 

Los cables conectan. Y, quizás eso, sea lo que más me ha enseñado Buenos Aires.

 

Me costó acostumbrarme a ver cómo, después de un choque, los dos conductores se bajan furiosos, intercambian los insultos más increíbles, levantan las manos, gesticulan, parecen a punto de iniciar una guerra y, unos minutos después, terminan intercambiando tarjetas, dándose la mano y, alguna vez, hasta un beso en la mejilla.

 

Durante mucho tiempo no entendí cómo era posible pasar de la furia al saludo en tan pocos minutos. Después pensé: quizás también ahí hay un cable. Un cable invisible que permite descargar la rabia, decir lo que hay que decir y, una vez agotado el enojo, volver a conectarse con el otro.

 

Quizás esa sea una de las grandes diferencias culturales que he aprendido a observar: no necesariamente se trata de sentir más o menos, sino de la manera en que cada sociedad permite que las emociones circulen.

 

Recuerdo mis primeros tiempos viviendo en Buenos Aires. Todo me parecía extraordinario. Idealizaba un sinnúmero de situaciones. Me fascinaban las verdulerías de barrio, los pequeños comercios, los almacenes que parecían formar parte de la vida cotidiana desde siempre. Me sorprendía la diversidad de rostros, acentos, historias y costumbres que convivían en unas pocas cuadras.

 

Al principio miraba todo con los ojos de quien descubre. Con el tiempo, sin embargo, comenzaron a aparecer otros detalles. Descubrí que algunos negocios parecían no cerrar nunca, que ciertas calles adquirían otra vida cuando caía la noche y que detrás de aquello que, primero nos parece pintoresco y encantador, siempre existe una realidad más compleja.

 

Porque vivir en una ciudad no es lo mismo que visitarla. Cuando uno visita, mira. Cuando uno vive, empieza a ver. Y, quizás, eso sea lo que esta experiencia de inmigración ha hecho conmigo: obligarme a mirar de nuevo.

 

Buenos Aires me ha mostrado cosas que estaban escondidas. Me hizo reconocer miradas cargadas de furia, palabras que alguna vez no dije, enojos que quedaron guardados y una forma distinta de ocupar el espacio y de relacionarme con los demás.

 

Buenos Aires también me hizo preguntarme: ¿cuántos cables había cortado yo misma? Cuántas veces preferí el silencio, cuando necesitaba hablar. Cuántas veces escondí el enojo, para no incomodar. Cuántas veces creí que ocupar un espacio era molestar.

 

Todavía no tengo completamente claro en qué lugar de esta nueva vida voy a moverme. Pero hay algo que sí sé. Quiero que las experiencias que vienen puedan conectarse. Quiero aprender a hablar cuando tenga algo que decir, a escuchar cuando sea necesario y a ocupar mi lugar sin pedir disculpas por existir.

 

Y, quizás, cuando llegue el momento de volver a mirar mi vida desde cierta distancia, encuentre que Buenos Aires dejó algo más que recuerdos. Tal vez dejó un cable.

 

Uno de esos que cruzan los edificios sin pedir permiso, que pasan de una ventana a otra y que, aunque a veces parezcan desordenados, nos recuerdan que siempre existe alguna forma de conexión.

 

Por eso creo que, cuando tenga mi próximo balcón, voy a dejar un cable colgando. No por internet. No por televisión. ¿Sabes por qué? Por si acaso. Por si la vida necesita conectarse.