El lunes cae denso sobre la Ciudad. No es una metáfora: es el verano que insiste en bloquear al otoño. Se siente en los hombros, en la humedad pegada a las paredes de la Radio, en el ayuno prolongado hasta la tarde.
Entro a la primera asamblea de trabajadores de los medios públicos de la Ciudad, de los cuales soy parte y lo primero que escucho es un murmullo raro, como si todos estuviéramos calibrando qué decir o hasta dónde callar. Hay pocos escalones libres en la escalera para sentarme. Me quedo parado, como muchos otros que siguen llegando y que, en algunos casos, no conozco.
“¿Y si esto ya está decidido?”, me digo en voz alta, o capaz lo pienso fuerte, algo que en estos días es casi lo mismo.
Al fondo del hall central de la Radio, alguien pasa entre los presentes con una hoja y una lapicera. Otro acomoda una notebook sobre el piano, para transmitir el encuentro por meet, ya que hay compañeros que no pudieron venir porque tienen un segundo trabajo. Nos miramos con una mezcla de desazón y alerta. Somos productores, operadores, locutores, periodistas. Pero, sobre todo, hoy somos una categoría en riesgo.
La asamblea empieza con un repaso de lo que ya sabemos: el anuncio del Jefe de Gobierno, Jorge Macri, de avanzar con la concesión de la AM 1110, La 2x4 y el Canal de la Ciudad. El argumento oficial resuena higiénico: eficiencia, modernización, ahorro. La traducción en la sala es otra: despidos, silencios, borramientos. Residuos.
“Eficiencia…”, repito mentalmente, y me río. Hace quince años que hago producción cultural en la Radio. Hace años que cobro menos de lo que necesito para vivir. Hace años que igual vengo, que igual me quedo un rato más, que igual pienso cómo escribir mejor un guion sobre el mundo del tango. Si eso no es eficiencia, seguro es amor a la camiseta. O, mejor dicho, sé qué no es: no es rentable. Nunca lo fue.
Una compañera levanta la mano. Habla de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, de la “indelegabilidad”, de la “ilegalidad flagrante”. Otra, suma la Constitución porteña. Los conceptos circulan: ciudadanía, pluralidad, derecho a la información. Me suenan conocidos, los he usado al aire, en la facultad, los he defendido con convicción a la vuelta de mi casa. Pero hoy pesan distinto. Hoy no son postulados: son herramientas que nos estallan en las manos.
Me acuerdo de la teoría de la esfera pública, cuando los medios se constituyen en el lugar donde la sociedad se piensa a sí misma, aunque Habermas[i] también nos advirtió sobre su "refeudalización" por intereses privados y mediáticos. Me pregunto otra vez en voz alta: “¿Qué pasará cuando la radio se alquile?” Nadie responde, pero varios asienten como si me hubiesen escuchado o pensaran lo mismo. Es que la respuesta está en nuestros cuerpos rígidos.
Miguel, un operador, cuenta que hay rumores de reubicaciones. Que a los de planta les ofrecerían tareas “equivalentes”. La palabra se instala como una ironía involuntaria. ¿Equivalente a qué? ¿A años de oficio? ¿A saber cuándo el noticiero debe entrar un toque antes para evitar el bache? ¿A entender que el tango, no es solo música “for export”, sino una trama viva?
“Equivalente es una palabra de gerente –digo en voz baja- no de radio”. Se ríen algunos. Parece, pero no es humor, es mi humilde manifiesto.
La discusión avanza y aparece el fantasma de la privatización –aquel- como sinónimo de modernidad. Como si lo público fuera, por definición, torpe. Alguien cita el caso de la BBC[ii]. Otro menciona a la NPR[iii]. No como modelos perfectos, sino como pruebas de que lo público puede ser sinónimo de calidad, de independencia, de profundidad.
“Pero allá tienen otra cultura”, dice Leo que mira para el suelo diciendo “no” con la cabeza. “Y, pero nosotros tenemos otra historia”, responde Cari, levantando la cabeza.
Ahí es donde el otoño se pone firme con el verano. Porque la historia no es un argumento abstracto. Es concreto.
Es La 2x4 cumpliendo años, mientras editábamos especiales con archivos que no existen en Spotify, para bancar la pandemia. Es la voz de un cantor olvidado que vuelve a sonar y doña Alicia, de San Juan y Boedo, lo reconoce. Es una piba del “Esnaola”[iv] que vino a cantar a la Radio su primer tango arrabalero con toques traperos, a su forma, ante la escucha de muchos oyentes que no la entienden, pero le ponen una ficha.
“Eso no mide”, dice alguien imitando a un ejecutivo.
“No, eso forma”, le contesto. Esa es, quizás, la clave. La radio pública no solo responde a demandas: las crea, las amplía, las desafía. Forma.
Y ahí aparece el núcleo del problema: la diferencia entre medir y formar. Entre audiencia y ciudadanía. Entre consumidor y oyente. Nosotros somos la Radio de la Ciudad, una radio para la ciudadanía.
La asamblea se vuelve más intensa cuando se habla de los contratados. Cientos de trabajadores en riesgo porque el Gobierno de la Ciudad Autónoma no los incluye en la planta desde hace años, extendiendo el periodo de prueba ad infinitum, aparentemente. Nombres propios, historias concretas. Leila, que opera hace años en todo terreno. Laura que produjo, para un periodista puntilloso, un programa que nadie más quería producir. Gente que no tiene la “protección” de la planta.
“Los van a dejar afuera como si fueran ruido”, dice una compañera muy inspirada.
Me acuerdo de una frase que escuché en la facultad: “si no factura, molesta”. Me pregunto si estamos entrando en la escena temida, donde la cultura que no factura, no solo es un estorbo, sino poco menos que “traición a la patria”.
“Esto no es solo nuestro laburo, es sentido”. Lo pienso, pero no lo digo por temor a resultar algo naif.
Silencio otra vez. Pero esta vez es más cerrado.
Todos entendemos el contexto. La idea de que el Estado debe retirarse, de que el mercado ordena mejor, de que la cultura puede autorregularse. Lo escuchamos en discursos, lo leemos en documentos, lo vimos en dibujos animados. Lo entendemos ahora, en decisiones concretas.
“Autorregularse…”, repito. “Como si el mercado tuviera oído”.
Se arma un murmullo. No es una frase brillante, pero pega. Porque todos sabemos que el mercado tiene lógica, pero no necesariamente sensibilidad. Y la radio, al menos la que hacemos nosotros, es sensibilidad organizada.
La discusión sobre la pluralidad aparece con fuerza. Alguien explica –casi como si estuviera dando una clase de secundario, que nadie escucha- que privatizar implica, en la práctica, reducir voces. Que los contenidos menos rentables desaparecen. Que las minorías pierden espacio. Que se instala una especie de monocorde cultural, en nombre de una calidad declamatoria.
“Una dictadura del mercado”, remata. La frase no es nueva, pero suena actualísima.
Pienso en los barrios. En las historias mínimas que llegan a la Radio. En los programas que no serían viables en un esquema comercial. En el tiempo que nos arrebatamos para desarrollar una idea, una entrevista, un bello clima.
“¿Quién va a pagar por un programa sobre las letristas de tango que firmaban con pseudónimo masculino?”, agrego. Nadie contesta. Porque todos sabemos la respuesta.
La asamblea entra en un momento más organizativo: acciones, comunicados, posibles medidas. Pero yo me quedo un poco afuera, no por desinterés, sino porque estoy procesando. Porque hay algo más profundo que la coyuntura.
Me doy cuenta de que no estamos discutiendo solo una fuente de trabajo. Estamos discutiendo un modelo de ciudad. Uno donde la cultura es un derecho o un producto. Uno donde la radio es un espacio de conocimiento, o un canal de venta.
“Mirar la ciudad como un turista”, digo en voz alta, retomando un discurso que escribí para el cierre de una campaña política, hace muchos años, cuando la Ciudad era pensada como oportunidad. “Eso quieren –responde alguien- Que no pensemos la Ciudad, sino que la consumamos”.
Y ahí, por primera vez en la tarde, siento bronca clara. No la bronca difusa del miedo, sino la bronca precisa de entender. Porque si algo hace La 2x4 es lo contrario: invita a pensar la Ciudad. A escucharla. A discutirla. A ponerle palabras a lo que, de otro modo, sería solo ruido.
Se habla también del tango como patrimonio. De su reconocimiento por la UNESCO. Pero más allá del sello internacional, lo que importa es el trabajo cotidiano. El artesanal. El de quienes programan, investigan, contextualizan.
Desde la Discoteca alguien dice: “Esto no es pasar discos, es curaduría”. Y sí. Es una palabra que suena medio pretenciosa, pero es exacta. Curamos contenidos. Elegimos qué entra y qué no. Y eso, en un mundo saturado de información, es clave.
Entretanto, del otro lado el andamiaje, ya están los pliegos aprobados, cánones fijados, concesiones por cinco años y una arquitectura legal que habilita delegar la operación bajo el paraguas de nuevas normativas locales. Incluso frente a objeciones como el artículo 47, acerca de los derechos políticos y de comunicación de la Constitución de la Ciudad de Buenos Aires. El esquema prevé respuestas jurídicas para sostener la medida, aun en escenarios de judicialización.
La asamblea va cerrando. Se definen próximas reuniones, se reparten tareas. Algunos se quedan charlando en grupos chicos. Otros se van rápido, como si el cuerpo se disparara.
Me quedo un rato, solo, al pie de la escalera, ahora vacía. Pienso en mi laburo. En los años que llevo. En el sueldo que no me alcanza. En las veces que igual me quedé fuera de horario para cerrar un programa como a mí me gusta.
“¿Vale la pena?”, me pregunto. Y la respuesta no es inmediata.
Salgo a las calles de esta suerte de cruce entre Palermo y Colegiales –como así lo explicó, alguna vez, Rómulo Berruti, al aire- que sigue igual, o eso parece. La gente camina, los colectivos pasan, los bares están llenos. Nadie diría que adentro del galpón gris plomo de Gorriti se está discutiendo algo que podría cambiar el mapa cultural.
Y ahí entiendo otra cosa: parte del problema es la invisibilidad. Lo que no se ve, no se defiende. “Tenemos que contar esto mejor”, digo, ahora sí en voz alta, sin pudor porque esta es la historia de una Ciudad que, como el tango, siempre decide qué hace con su voz.
Y mientras tanto, mañana, voy a ir a la Radio. Voy a producir como siempre codo a codo con mi compañero Nico. Voy a pensar cómo contar mejor una historia. Porque, incluso en el borde, el oficio no se negocia.
Aunque algunos crean que sí.
[i] Jürgen Habermas fue un filósofo y sociólogo alemán conocido por sus trabajos en filosofía política, ética y teoría del derecho, así como en filosofía del lenguaje.
[ii] La British Broadcasting Corporation es el servicio público de radio y televisión del Reino Unido. Tiene su sede en la Broadcasting House en Londres. La BBC opera bajo el mandato de una Carta Real que garantiza su independencia frente a controles de tipo político o comercial.
[iii] La National Public Radio es el servicio de radiodifusión pública de Estados Unidos, una organización nacional sin fines de lucro que produce programas para una red nacional de más de mil estaciones de radio en los cincuenta estados y el Distrito de Columbia.
[iv] El Profesorado Superior de Música Juan Pedro Esnaola, es de nivel superior no universitario, de gestión pública, dependiente de la Dirección de Educación Artística del Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Su titulación es de carácter oficial, y tiene validez nacional.